27/10/26

Aníbal Velásquez, sempiterno rey musical del Carnaval:

EN ESTE NOVIEMBRE, 62 AÑOS FALTANDO "CINCO PA´LAS DOCE"

De la dulzaina a los fuelles, narrando microcuentos sonoros. “Desde Rebolo hasta Carrizal”, después Valledupar, Maracaibo y Las Nieves; ahora con su propio museo en la Ciudadela 20 de Julio, aunque su primer “sucundún” fue en el barrio San Pachito. “El guarachero de América”. Uno de los que más suenan entre los “bre” (s) y el carnaval de Barranquilla. “Con Aníbal, no hay pista vacía”.

Por Carlos Ramos Maldonado; fotos y video: Ricardo Pérez Ch.

Aníbal Velásquez es, indiscutiblemente, uno de los artistas musicales más documentados de Colombia, en todos los formatos periodísticos y plataformas digitales, hasta en investigaciones académicas, murales a cielo abierto y seriados de televisión. Ni siquiera hay que tenerlo enfrente o auscultar su música para quedar impregnado de una magia que nuestro nobel Gabo caracterizó en la identidad Caribe.

Y si nos referimos al Carnaval, desde que este comienza apenas entra septiembre y hasta que la gente empata espiritualmente con la Cruz de Ceniza, su música aterriza para alterar el orden cósmico y, con sorpresa y alegría, ninguna generación escapa a sus tentaciones bailables.

Ver video "Mi llanerita": https://www.facebook.com/watch/?v=1918888008786285

Aníbal es más que rey del Carnaval, como inspirado en el dios Saturno para la inversión temporal del orden social, y hasta más, porque mientras en Barranquilla Momo cambia de actor cada año en su eterno retorno al convertirse en una especie de “Saturnalicius prínceps” arrimado a Baco (Dionisio) para presidir el “sano” desenfreno colectivo, el músico nuestro riaño supera sin permiso el calendario oficial y como verdadero “Monocuco guayabero” transita tácitamente todo el tiempo por cualquier calle arenosa, cruza toda esquina y se mete a los rincones de las casas para posicionarse sonoramente en el entusiasmo currambero que no tiene comparación nacional y supera fronteras.

El periplo musical de un microcuentero

El microcuento sonoro, en el caso de la cultura popular caribeña, es una pieza artística minimalista cuyo texto musical narra historietas sacadas de la cotidianeidad y la tradición, con un giro melodioso propenso a la degustación rítmica, a la levitación del estado de ánimo y a la fácil memorización del canto, con turno mayor y más flexible para la instrumentación en solitario en una relación secuencial intro-versos-coro-puente…, que sin repetirse no pasa de tres minutos (por el origen del disco estándar de 78 RMP), y en literatura: inicio, nudo y desenlace, con un promedio máximo de 200 palabras.

Diríamos que, en la historia del cancionero colombiano, el barranquillero Aníbal Velásquez Hurtado es uno de los más sobresalientes expositores de estas escuela y formato musical, ya sea por inspiración propia o ajena:

Desde Cuba y todo el borde de las Antillas, pasando por el litoral caribeño del Nuevo Mundo, incluida la cultura anfibia del Bajo Magdalena, se despliega una prolífera producción ancestral de microcuentos “cantaos”, con diferentes aires musicales triétnicos, cada uno vernáculo en su territorio y otros expansivos, como la guaracha pregonera cubana:

Con este estilo, el versátil “mago del acordeón” comenzó su historia musical acompañando con una dulzaina o armónica de regalo de Niño Dios las travesuras decimeras y letánicas de sus hermanos y amigos durante los infantiles encuentros callejeros del barrio San Pachito, donde nació el 3 de junio de 1936, allá por el camino al Río cuando el ecosistema inspiraba libertad y el vetusto y cansado tren de Sabanilla aún pitaba por la ahora Vía 40. Allí, a orillas de la carrilera, el padre de Aníbal, José Antonio Velásquez, tenía una amplia tienda-estadero donde solían llegar pescadores, comerciantes y trabajadores portuarios a tertuliar en medio de juegos de mesa, licores y música isleña. Pero un día la locomotora casi atropella al joven aprendiz de música, distraído por el espejismo del mediodía.

Ahí terminó el “sucundún” de San Pachito, el primero, lleno de swing e inocente toque personal: se mudaron para el barrio Rebolo, en el Suroriente de la Ciudad (en la calle Belén con callejón de Providencia), por donde no había ferrovía, pero por sus calles polvorientas se juagaba bola´e trapo, desfilaban disfraces variopintos, pasaban los carro´e mulas, el mondonguero montado en su burrito, el vendedor de hielo hechizo cubierto de cascarilla y el busecito de lata y madera llamado “Rebolito”, y donde vivió gran parte de su vida y se formó musicalmente.

-Papá, adió -le gritaba a su progenitor cuando pasaba por el frente de su casa montado en un carro´e mula cargado de materiales de construcción o basura, no de ayudante, sino de niño travieso.

Con su armónica mejor trabajada y acompañado por sus hermanos tocando: uno (Juan), un galón como caja; el otro (Manuel), un rayador de cocina y trinche como guacharaca, y el tercero (“Cheito”) hacía coros improvisados cuando otro joven, mayorcito, que vivía en el mismo barrio, forjaba sus pininos en el canto para después presentarse en los radioteatros de la Ciudad: era Nelson Pinedo.

Mientras el “Pollo” barranquillero estudiaba en el Colegio Salesiano de San Roque, él se vinculó al Colegio Barranquilla, que quedaba en la calle Bolivia con callejón Progreso, esquina.

Aníbal, entonces, transitó al acordeón digitando a escondidas uno moruno de dos teclados que tenía su hermano mayor, Juan, quien después descubrió su talento y le enseñó a maniobrar el instrumento, practicando primero con el estilo vallenato. Aprendió tanto y tan rápido que Juan terminó tabaleando la caja y Aníbal inventando figuras sonoras con los fuelles.

Fue cuando un diestro guacharaquero llamado Cayetano Racedo, vecino del sector El Pekín del mismo barrio y compañero de labores de construcción del papá de Aníbal, sin pedir permiso, se llevó al muchacho de apenas 12 años para unas corredurías musicales por las sabanas del Litoral, durante tres meses en corralejas y fiestas patronales, siendo el adulto demandado por abuso de confianza y rapto a menor y capturado en fragancia por la policía, y el pequeño ahora graduado como gigante de acordeón regresado a su casa, pero ya con la semilla de un “sucundún” profesional, un swing acuñado con sello personal que es sinónimo de sabrosura y que nadie ha podido imitar.

El papá se calmó y hasta perdonó al amigo porque el muchacho le trajo un paquete de tabaco puro y varias Chepacorinas del Carmen de Bolívar.

Con sus hermanos montó un “vacile musical” para animar informalmente cuanta fiesta callejera existiera en el barrio y los adyacentes durante carnavales, como la caseta “Las palmitas” (al lado del teatro Alameda) y “Caseta Plata” (del barrio Las Nieves, donde vivió algún tiempo después), y se iban al Centro de Barranquilla por la calle de San Juan con La Paz para aprender de los músicos profesionales que por esos lugares deambulaban ensayando y procurando alguna contratación en cualquier lugar de la ciudad y de la región.

Allí, muy joven, comenzó su otra vida: “Todo disco”. Con apenas 15 años con su hermano Juan y los hermanos cartageneros Carlos y Roberto Román se iban de gira otra vez por las Sabanas y los Montes de María, pero ya Aníbal tocando acordeón con aires de la región y algo cubano sacado de las emisoras, y ese mismo año hicieron su debut en el radioteatro de Emisora Miramar, en Cartagena. Eso fue el 21 de agosto de 1951 a las cinco de la tarde, fecha para no olvidar, pues fue su verdadero ingreso profesional a la farándula musical. Allí se atrevió a exponer su primera composición, “Gladys”, un merengue “guaracheao” dedicado a su primera novia, después su esposa, Gradys Potes, que grabó más tarde con Los Vallenatos del Magdalena, grupo integrado por los mismos artistas de entonces: Aníbal tocaba el acordeón, Juan la caja, Carlos la guacharaca y Roberto era el cantante, aunque “Gladys” la interpretó el mismo Aníbal, impostando desde entonces como si fuera muletilla el croar de los sapos que escuchaba desde niño entre los caños y el Río, onomatopeya que lo identificó para siempre.

Escuchar video "Gladys": https://www.youtube.com/watch?v=x9TNWPhNjgk

En 1952 graban con Discos Atlantic de Milo Jiménez el sencillo “La gallina”, también onomatopéyica, que de inmediato, por la destreza de digitación instrumental, se convirtió en éxito en las festividades novembrinas de Cartagena y entró por la puerta grande al carnaval de Barranquilla el año siguiente, durante el reinado de Carolina Manotas, una temporada antes de que se impusiera “Te olvidé” como himno del carnaval.

Entonces, en 1957 Aníbal crea su propia agrupación con su hermano José “Cheíto” en la caja, pues Juan se retiró a sus labores de construcción, e integran el conjunto, además, Jaime López en la guacharaca, Fernando Álvarez en la tumbadora, Epifanio Álvarez en el cencerro y Justo Velásquez en el bajo. Fue cuando a Cheíto se le ocurrió cambiar la tapa de cuero de la caja por la sintética lámina de radiografía ajustada con metales que le quitaba al instrumento de percusión el timbre de bongó por uno más guarachero, de donde Aníbal se inspiró para adoptar ese estilo cubano.

Después graba con Discos Carrizal (porque el artista se había mudado para ese populoso barrio de Barranquilla) de Antonio Esper, y más tarde con Discos Eva, de Gabriel Zúñiga, también vinieron sellos Zeida y Silver. De Carrizal migra a Valledupar, donde monta el bar “Villa Luz”.

En la Ciudad de los Santos Reyes del cacique chimila Upar se presentó a la sexta versión del Festival Vallenato, siendo declarado Fuera de Concurso (“Rey sin corona”) en una contienda que ganó Luis Enrique Martínez, quien entonces le colocó a Aníbal Velásquez el apelativo artístico de “El mago del acordeón”, pues quedó maravillado por su habilidad sin precedente de tocar el instrumento y el ritmo vertiginoso para provocar el baile, sin parar: “Con Aníbal, no hay pieza mala ni pista vacía”, dijo una vez.

-Yo cuando empecé quería tocar guaracha como Aníbal- aseguró en una entrevista el mismo Alfredo Gutiérrez -Ése sí es un monstruo del acordeón-.

“El guarachero de América”

Aníbal se había ido a vivir a Maracaibo promediando la década de los 60s, pero iba y venía, cuando la bonanza petrolera y la migración masiva de costeños al hermano país bolivariano, fenómeno social que generó mucha integración intercultural entre los “venecos”, especialmente en el campo musical: las agrupaciones venezolanas grababan composiciones colombianas para fortalecer el comercio del disco y los conjuntos nuestros hacían giras constantes por el vecino país.

Durante los 18 años que transitó la cuna de Bolívar, el “Mago del acordeón” grabó con Discomoda, Unión Musical, Gilmar, Puente, Fuentes (edición venezolana), Victoria y Divensa, calculándose con todo entre Colombia y Venezuela más de cincuenta producciones sonoras entre LPs, sencillos y reediciones, siendo una de las más importantes, sin duda, la que recorrió todo el Continente, desde la Patagonia hasta el Río Bravo y más allá (pasando, incluso, por Cuba): “Faltan cinco pa´las doce”, a ritmo de guaracha alegre grabada de manera express en Discos Tropical, hace precisamente 62 años en este noviembre, original pasaje llanero del cantautor Oswaldo Oropeza, que se convirtió enseguida en obligado e inmortalizado tema en el tránsito cronométrico al cambio de año para completar la triada “Año viejo” de Cresencio Salcedo y “Año nuevo, vida nueva” de Pedro Juan Meléndez, siguiendo entonces con “Rumba en Carnaval” (https://www.youtube.com/watch?v=p-yjhvzRaZM), un tema alegre y acelerado que describe el ambiente de los disfraces y la diversidad de la gente que asiste desde ese momento a los eventos callejeros.

Sobre "Faltan cinco pa´las doce", el intérprete colombiano recordó que el mismo Oswaldo Oropeza lo invitó personalmente a la suite de un hotel de Caracas, ya habiéndose grabado la canción por el actor Néstor Zavarce con aire combinado vals/aguinaldo (muy lenta, nostálgica y con un tono de voz demasiado fúnebre o de ultratumba, como él mismo describió), por lo que el autor la quería más alegre y bailable y le gustaba el estilo pegado de Aníbal Velásquez. Este, entonces, le propuso nuevos arreglos y su sello personal conservando la letra, lo que iluminó el rostro del artista tequeño, y el barranquillero se comprometió enseguida a gestionar su grabación con Genaro "El turco" Fayad, director musical de Tropical, con tanta rapidez productiva que en un mes estaba en el mercado y animando con los famosos "cuartos -o conteos regresivos- radiales" la espera de "Los pitos", costumbre peculiar de Barranquilla, pues a las doce de la noche de cada 31 de diciembre sonaban las sirenas de la Cervecería Águila, de la Cafetería Almendra Tropical y de los "Barcos de la luz", escuchadas en toda la Ciudad y sus alrededores.

Ver video: https://www.youtube.com/watch?v=cGE2l4jRGxQ

Por la joya musical en que convirtió “Faltan cinco pa´las doce”, por “Mambo Loco” y por “Dominique” (autoría de la monja belga Jeanne-Paule Marie Deckers, conocida como Sor Sonrisa o La Monja Cantante, que por ello ganó muchas regalías en Colombia) recorrió con sus Locos del Swing Europa durante mitad de año del 2011: Utrecht, Ámsterdam y Rótterdam (Holanda); Berlín y Karben (Alemania), Amberes (Bélgica), Tolouse (Francia), Atenas (Grecia), Londres (Inglaterra), Copenhague y Roskilde (Dinamarca).

Ver video historia "Dominique": https://www.facebook.com/watch/?v=1619785892651368

Del ingenio de Aníbal y de su hermano Cheíto salieron tantas canciones éxitos que le merecieron este año 2026 el Super Congo de Oro del Carnaval para enmarcar un espacio más en su casa museo del barrio Ciudadela 20 de Julio, donde se trasladó proveniente de Las Nieves después de su regreso de Venezuela, en 1978, en compañía de su inseparable esposa Julieta Peinado, “Julita”, como él la llama, pilar fundamental de su vida, coordinadora no solo del entorno familiar (de 16 hijos reconocidos en varias partes, entre ellos Nelson Velásquez, “La voz de cristal”, destacado cantante vallenato romántico) cuando él sale en sus apretados viajes artísticos y, a la vez, ella misma es mánager, sino también cuidando de su salud, generando estabilidad y afectividad a la rutina diaria del carismático “Mago…”, presente o ausente.

Y a su edad no se queda en el pasado, sigue produciendo, tiene sus equipos y estudio de audio, pero también se adapta a la moda alternativa: además de su sombrero norteño característico, bigote y patillas de los años 60s, reloj grande, gruesas cadenas con medallones de cruz y anillos de oro, se ha venido implantando tatuajes coloridos con valores religiosos ideados desde 1971, cuando tuvo un accidente regresando de Chinú (Córdoba) donde falleció su cuñada Faby Meriño, esposa de Cheíto, y él perdió el dedo grande del pie derecho.

Posdata: Aníbal, cuenta él mismo, tiene grabados e inéditos casi 800 casetes de audio de doce temas cada uno (o sea, es un prolífico compositor empedernido), estando en ciernes su última creación: “Los caprichos de Julieta”, además de dedicarse a la construcción de picós turbos que su hija Julietica les comercializa en Corozal, donde vive.

Recomendación de él para los artistas: “No metan vicio, carajo, pa´que duren como yo: ¡coman pescao, coman pescao!”

Murales en homenaje a Aníbal Velásquez en el Malecón de Rebolo (Calle del picó)


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